Pintor austriaco, fue la figura más representativa del modernismo pictórico (Jugendstil) en el mundo de habla alemana. Nació en Baumgarten el 14 de julio de 1862. Se formó en la escuela de artes aplicadas de su ciudad natal y triunfó como autor de grandes pinturas decorativas en un estilo de corte academicista, del que constituyen un buen exponente las pinturas de la escalera del Museo de Historia del Arte de Viena.
En 1897, su interés por el arte de vanguardia lo llevó a abandonar la Asociación de Artistas Vieneses y a fundar, con algunos amigos, la famosa Secesión Vienesa, de la que fue el primer presidente y máximo exponente. Las pinturas murales alegóricas para la Universidad de Viena, en las que se advierte ya un evidente cambio de estilo, suscitaron duras críticas, por lo que el artista abandonó el encargo antes de finalizarlo (las que había concluido las destruyó un incendio en 1945).
Gustav Klimt - Expressionist painter - Música Beethoven 6/2/22
Como consecuencia de este episodio, ya no volvió a recibir encargos oficiales, pese a lo cual realizó gran cantidad de telas, en primer lugar paisajes plasmados con una concepción muy peculiar de la perspectiva y en los que predominan las tonalidades verdes, y después, sobre todo, figuras femeninas, que constituyen lo más conocido y valorado de su producción.
Detalle de El beso (1908), de Gustav Klimt
En estas obras supo combinar el realismo del retrato con un decorativismo extremo en los fondos y los vestidos, en los que predominan los tonos amarillos y dorados y los motivos inspirados en las alas de mariposa o las colas de pavo real. Destacan, entre otras muchas obras, El beso, Salomé y Judith I, imbuidas todas ellas de una sensualidad palpable. El Osterreichische Museum de Viena conserva una excelente colección de su pintura.
Gustav Klimt falleció en Alsergrund, Viena el 6 de febrero de 1918
El edificio fue diseñado por el arquitecto Juan de Villanueva en 1785, como Gabinete de Ciencias Naturales, por orden de Carlos III. No obstante, el destino final de esta construcción no estaría claro hasta que su nieto Fernando VII, impulsado por su esposa la reina María Isabel de Braganza, tomó la decisión de destinar este edificio a la creación de un Real Museo de Pinturas y Esculturas. El Real Museo, que pasaría pronto a denominarse Museo Nacional de Pintura y Escultura y posteriormente Museo Nacional del Prado, abrió por primera vez al público el 19 de noviembre de 1819.
El primer catálogo constaba de 311 pinturas, aunque para entonces en el Museo se guardaban ya 1510 obras procedentes de los Reales Sitios. Las valiosísimas Colecciones Reales, germen de la colección del actual Museo del Prado, comenzaron a tomar forma en el siglo XVI bajo los auspicios del emperador Carlos V y fueron sucesivamente enriquecidas por todos los monarcas que le sucedieron, tanto Austrias como Borbones.
Numerosos legados han enriquecido los fondos del Museo, tales como el Legado de don Pablo Boschcon su magnífica colección de medallas, el Legado de don Pedro Fernández Durán, con su amplísima colección de dibujos y artes decorativas, y el Legado de don Ramón de Errazu con pintura del siglo XIX.
Tanto la colección como el número de visitantes del Prado se han incrementado enormemente a lo largo de los siglos XIX y XX, por lo que el Museo ha tenido que ir acometiendo sucesivas ampliaciones en su sede histórica hasta agotar totalmente las posibilidades de intervención sobre este edificio. Por este motivo, el Prado se ha visto obligado a buscar el camino de su reciente ampliación mediante una solución arquitectónica de nueva fábrica situada junto a la fachada posterior de su sede tradicional y conectada con ésta desde el interior.
Ampliación del Museo del Prado realizada por el arquitecto Rafael Moneo.
Paralelamente a la ejecución de su último y más ambicioso proyecto de ampliación (2001-2007), el Prado ha iniciado una etapa de modernización cuyo definitivo impulso tuvo lugar en 2004 al aprobarse un cambio de régimen jurídico y estatutario basado en la necesidad de flexibilizar la gestión del Museo, agilizar su funcionamiento e incrementar su capacidad de autofinanciación. Este cambio de estatus se hizo efectivo a través de la Ley reguladora del Museo Nacional del Prado aprobada en noviembre de 2003, como primer paso, así como en el posterior desarrollo de la misma a través de un Estatuto sancionado por Real Decreto de 12 de marzo de 2004.
Pintor y grabador noruego. La estilización de la figura, la prolongación de las líneas y, en ocasiones, el intenso dramatismo y la intensidad cromática, hicieron del estilo pictórico del noruego Edvard Munch uno de los modelos estéticos del expresionismo de las primeras décadas del siglo XX.
Edvard Munch nació en Loten, Noruega el 12 de diciembre de 1873. Sufrió muy joven la pérdida de sus seres queridos, y el espectro de la muerte, que llenó su niñez, lo acompañaría durante toda su vida, convirtiéndose en uno de los temas recurrentes en sus obras. En 1885 llevó a cabo el primero de sus numerosos viajes a París, donde conoció los movimientos pictóricos más avanzados y se sintió especialmente atraído por el arte de Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec. No tardó en crear un estilo sumamente personal, basado en acentuar la fuerza expresiva de la línea, reducir las formas a su expresión más esquemática y hacer un uso simbólico, no naturalista, del color, y de ahí su clasificación como pintor simbolista.
Los Demonios de Edvard Munch 22/8/20
De 1892 a 1908 vivió en Alemania, sobre todo en Berlín, aunque hizo frecuentes viajes a Noruega y París. En Berlín presentó en 1892 una exposición que tuvo que ser retirada por el escándalo que suscitó y que dio pie a la creación de la Secesión Berlinesa. En Noruega contó pronto entre sus amistades con importantes personalidades políticas y literarias y tuvo particular afinidad con el realismo social del dramaturgo Henrik Ibsen, para quien realizó los escenarios y el vestuario de la obra Peer Gynt en 1896.
El Grito. Explicación del cuadro de Edvard Munch 12/12/19
En 1908 Edvard Munch, después de una tormentosa relación sentimental y víctima del alcohol, sufrió una grave enfermedad nerviosa, por lo que tuvo que ser recluido en el psiquiátrico del doctor Jacobsen, en Copenhague, del que salió completamente restablecido. En 1908 volvió definitivamente a Noruega, donde recibió algunos encargos oficiales (pinturas del paraninfo de la Universidad de Oslo) y pasó sus últimos años en soledad. Munch legó a la ciudad de Oslo todas las obras que conservó hasta su muerte, acaecida en Ekely, cerca de Oslo, el 23 de enero de 1944.
El grito (1893), de Edvard Munch
La obra de Edvard Munch se caracteriza por un sentido trágico de la vida y de la muerte, propio de toda la literatura escandinava de Henrik Ibsen a August Strindberg. A pesar de que sus primeras pinturas recibieron la influencia de los impresionistas, pues conoció bien la obra de Gauguin y Van Gogh, en seguida se inclinó por la idea de plasmar los sentimientos, por exteriorizar las sensaciones de angustia y soledad del ser humano. Su etapa de madurez está impregnada de ese "sentimiento trágico" que tanto caracterizó a los románticos, pero extraído del contexto propio del Romanticismo y llevado a sus últimas consecuencias, otorgándole un valor "absoluto", como algo de lo que el hombre no se puede liberar.
En la pintura de Munch aparece el rostro del mundo alimentado por esas fuerzas desconocidas que forman parte también de la condición humana. Su ambicioso proyecto titulado El friso de la vida (1893-1918), al que pertenecen sin duda sus cuadros más representativos, refleja los sentimientos y las obsesiones humanas. Veintidós de esas pinturas fueron expuestas, en 1902, en la muestra del grupo berlinés Sezession. La mayoría de ellas refleja la desilusión del fin de siglo y la imagen del hombre como víctima.
Edvard Munch - Arnold Schönberg - Expresionismo 23/1/20
Su obra anterior a 1908 está muy vinculada a este ciclo que, de algún modo, concibió como si se tratara de un poema de amor, de vida y de muerte. Así El beso(1892) o La cámara de muerte (1894), ambas en la Nasjonalgalleriet de Oslo, donde alude al drama acontecido durante su infancia: la muerte de su madre y su hermana. Los personajes reflejan su sufrimiento, pero formalmente están unidos por una línea serpenteante que recorre toda la superficie del cuadro. No hay sombras, sólo colores planos y pronunciados contornos que marcan el ritmo visual, un medio idóneo para expresar la angustia del espíritu.
Edvard Munch - Documentary 22/8/21
Sin embargo, su obra más emblemática es El grito (1893, Nasjonalgalleriet, Oslo), una de las pinturas que más intensamente han reflejado el horror y la angustia del ser humano. La figura que se halla en primer término expresa un terror inconmensurable. La angustia por la soledad, la desesperación por no encontrar un sentido a la vida y su relación con los abismos quedan intensamente reflejados en la obra del pintor noruego.
Pintor español. Artista prolífico, dejó más de 2200 obras catalogadas Nacio en Valencia el 27 de febrero de 1863. Formado en su ciudad natal con el escultor Capuz,
estudió posteriormente las obras del Museo del Prado y, gracias a una
beca, pudo residir y estudiar en Roma de 1884 a 1889. En esta época se
dedicó sobre todo a cuadros de temática histórica, que no ofrecen
demasiado interés.
Un viaje a París en 1894 lo puso en contacto con
la pintura impresionista, lo que supuso una verdadera revolución en su
estilo. Abandonó los temas anteriores y comenzó a pintar al aire libre,
dejándose invadir por la luz y el color del Mediterráneo. Son
precisamente las obras de colores claros y pincelada vigorosa que
reproducen escenas a orillas del mar las que más se identifican con el
arte de Sorolla.
CARTAS DE SOROLLA 10/8/20
Sin embargo, fue un artista muy activo, que
realizó también numerosos retratos de personalidades españolas y algunas
obras de denuncia social (¡Y aún dicen que el pescado es caro!) bajo la influencia de su amigo Blasco Ibáñez.
Su estilo agradable y fácil hizo que recibiera
innumerables encargos, que le permitieron gozar de una desahogada
posición social. Su fama rebasó las fronteras españolas para extenderse
por toda Europa y Estados Unidos, donde expuso en varias ocasiones. De
1910 a 1920 pintó una serie de murales con temas regionales para la
Hispanic Society of America de Nueva York.
¡Y aún dicen que el pescado es caro! (1894)
y Niños en la playa (1910), de Joaquín Sorolla
En el estilo más característico de Sorolla, el
de técnica y concepción impresionista, destaca la representación de la
figura humana (niños desnudos, mujeres con vestidos vaporosos) sobre un
fondo de playa o de paisaje, donde los reflejos, las sombras, las
transparencias, la intensidad de la luz y el color transfiguran la
imagen y dan valor a temas en sí mismo intrascendentes.
SOROLLA Y EL MAR Documental 10/8/21
Joaquin Sorolla, el pintor de la luz 10/8/22
Joaquín Sorolla y Bastida falleció en Cercedilla el 10 de agosto de 1923
Algunos
críticos consideran estas obras un cruce entre los impresionistas
franceses y los acuarelistas ingleses. Existe una importante colección
de pintura suya en el Museo Sorolla de Madrid.
Pintor y escultor francés considerado uno de los fundadores del Impresionismo. Nacio en París el 19 de julio de 1834 A pesar de que inició sus estudios
de derecho, Edgar Degas se dedicó bien pronto a la pintura gracias a la
desahogada economía familiar y al beneplácito de su padre, cuya cultura y
sensibilidad ante lo artístico resultó fundamental en su etapa de
formación.
En 1853 ingresó en el taller del pintor
Félix-Joseph Barrias y en 1854 recibió las enseñanzas de Louis Lamothe,
seguidor de Ingres. Sin embargo, su privilegiada condición social, que
determinará toda su vida y una buena parte de su obra, le permitió
conocer las colecciones particulares de pintura de la clase alta
parisiense y formarse en la tradición clásica como autodidacta a través
de múltiples viajes. En casa de su tío el barón Bellelli, en Florencia,
Degas tuvo acceso a copias y originales de Rafael Sanzio, Andrea Mantegna, Piero Pollaiuolo, Domenico
Ghirlandaio y Sandro Botticelli.
Edgar Degas (Bailarinas) Tchaikovsky "Vals de las Flores" 19/7/19
Por los testimonios de la época se sabe que Degas era
un hombre tímido, sensible, algo retraído, con una gran vida interior
que a veces le dificultaba la relación con sus semejantes, tal como
puede observarse en la serie de autorretratos que realizó entre 1854 y
1858, donde se aprecia la influencia de Jean Auguste Dominique Ingres.
En la década de los sesenta, la posibilidad de entender la pintura como
un ejercicio artístico, ajeno a las alegorías y al trasfondo moralista
de los grandes cuadros de historia, era todavía incierta y dudosa.
Sin embargo, las recientes muertes de Claude Joseph Vernet, Eugène Delacroix e Ingres abrieron un hueco en el que pudo desarrollarse, de la mano de Édouard Manet y del mismo Degas, lo que Baudelaire denominó enfáticamente el "heroísmo de la vida moderna". La familia Bellelli
(1858-1875, Museo de Orsay, París) surge de unos retratos de sus primas
que Degas pintó durante su primera estancia en Florencia, y muestra un
análisis visual de la familia en el que los caracteres de los personajes
(la atenta e inquieta tía Laura, su esposo Genaro, las dos niñas),
junto con la verosimilitud del mobiliario y los objetos personales,
constituyen una composición realista, fiel testimonio de la vida
moderna.
La familia Bellelli
La obra, sin embargo, puede entenderse también
como una alegoría de la continuidad temporal familiar, pues el dibujo
que cuelga de la pared representa al abuelo Degas, patriarca de la
familia, mientras que la propia Laura Bellelli se encuentra embarazada;
son cuatro y no dos (como parece a simple vista) las generaciones
plasmadas en el cuadro: el pasado alimenta al presente para proyectarse
en el futuro, como ocurre en toda la obra de Degas.
Detalle de un Autorretrato de Degas (c.1863)
De regreso a París, tras una estancia en la
villa Médicis de Roma, Degas descubrió el fascinante mundo escénico que
tanto exaltó en su pintura. Aunque de connotaciones alegóricas, el
retrato de Mademoiselle Fiocre en el ballet La Source (1868,
Brooklyn Museum, Nueva York), expuesto en el Salón de 1868, representa
su aparición en el panorama artístico parisiense.
Orquesta de la ópera
Su obra Orquesta de la ópera (1868-1869,
Museo de Orsay, París), debía haber sido un retrato del fagotista Désiré
Dihau, pero finalmente se convirtió en una composición en la que
algunos de sus amigos, como el compositor Emmanuel Chabrier y otros
músicos -pintados casi a la manera de Ingres-, se encuentran coronados
por un friso de bailarinas decapitadas. Tras la visión instantánea y
objetiva de encuadre espontáneo se esconde un complejo artificio
compositivo que reclama el derecho a establecer nuevas reglas para la
representación realista de la imagen de una época.
Edgar Degas-Bailarinas & Johann Strauss-Música Vals del Tesoro 27/9/19
Las
relaciones de Degas con el movimiento impresionista fueron bastante
complejas. A pesar de que participó en siete de las ocho exposiciones
del grupo y mantuvo diferentes contactos con todos los pintores que lo
constituían, se negó sistemáticamente a practicar la pintura al aire
libre y su obra posee indudables resonancias realistas e incluso
clásicas.
El padre de Degas escuchando a Lorenzo Pagans (1869)
La captación visual del instante en Degas no
puede asociarse al paisaje, que apenas practicó, aunque sí puede
reconocerse en algunas pinturas relacionadas con la música, el baile o
la escena. El padre de Degas escuchando a Lorenzo Pagans (1869,
Museo de Orsay, París), representa un momento preciso de una de las
veladas musicales que su padre organizaba en su propio domicilio; el
instante es retenido, pero no sólo a través de la referencia visual,
sino también por medio del gesto del cantante y guitarrista Lorenzo
Pagans -boca abierta y mirada perdida-, así como por el movimiento
capturado de sus manos durante la ejecución de una pieza y la expresión
de ensimismamiento del padre.
Edgar Degas (Metropolitan Museum) Para Elisa de Beethoven 19/7/22
Tras la guerra
franco-prusiana, en la que participó alistándose en la Guardia Nacional,
Degas regresó a París y frecuentó el ballet de la Ópera de la calle
Peletier, iniciando sus primeras y míticas series de bailarinas hacia
1872. Dos años después, cuando participó en la primera muestra
impresionista, su pintura fue una de las menos criticadas debido al
perfecto dominio del dibujo, entendido éste sólo como un análisis de la
realidad.
En la tercera exposición impresionista que se celebró en
1877, en cuya organización Degas participó activamente, su pintura se
decantó momentáneamente hacia los temas sociales como consecuencia de la
influencia de Émile Zola y de las tertulias en el café Guerbois. De esa época cabe destacar Las planchadoras (1884, Museo de Orsay, París) y La absenta
(1876, Museo de Orsay, París), obra en la que el artista se solidariza
con dos personajes marginales, un mendigo y una prostituta, cuyos
atuendos crean una sutil relación cromática y metonímica con sus
respectivas bebidas. La perspectiva oblicua que introduce al espectador
en la escena no es más que un recurso de verosimilitud pictórica que
apunta hacia la objetividad y preocupación por lo social.
La absenta (1876)
Sin embargo, Degas, que seguía el código de la buena sociedad tan elocuentemente descrito por Marcel Proust,
no habría de pasar a la historia de la pintura por sus reivindicaciones
sociales, sino, principalmente, por los efectos del movimiento que
logró plasmar tan magistralmente en su obra, sobre todo en la serie de
las bailarinas, de planchadoras o de figuras femeninas en general:
mujeres bailando, bañándose o secándose, captadas en ese instante
preciso de la realidad. Su pintura se interesó por la figura femenina, a
la que consagró la mayor parte de su obra.
A partir de los años ochenta, Degas realizó numerosas
variaciones sobre el tema de las bailarinas; sin embargo, la idea de la
mujer estuvo muy vinculada a su vida artística y privada. Degas perdió a
su madre cuando contaba apenas trece años. No se casó nunca y no se le
conoció ninguna relación amorosa -Mademoiselle Volkonska y Marie Dihau
no son más que meras suposiciones-; ante ello el artista comentó en una
ocasión: "Hubiera sufrido durante toda mi vida el temor de que mi esposa
dijera: Te ha quedado bonita, después de haber acabado una pintura."
Clase de baile (1872)
Al margen de las connotaciones misóginas de semejante
afirmación, lo cierto es que sus complejas relaciones con las mujeres
influyeron notablemente en su arte y propiciaron su curiosidad a través
de la mirada, un "voyeurismo" que se manifiesta en esos cuerpos que, en
realidad, parecen haber sido robados a la intimidad femenina, mientras
las mujeres se preparan para la escena, como en Clase de baile (1872, Museo de Orsay, París), Bailarina sentada frotándose el tobillo izquierdo (1881-1883, Museo de Orsay, París) y Bailarinas entre bastidores (1890, Museo de Orsay, París), o mientras realizan sus aseos cotidianos como en Mujer peinándose (1887-1890, Museo de Orsay, París) o Mujer secándose el pelo al aire libre (1903, Museo de Orsay, París).
Mujer peinándose es uno de sus más clásicos desnudos. En una versión posterior del mismo tema, Doncella peinando a la señora
(1896, National Gallery, Londres), los contornos de la mujer y la
criada surgen de un campo cromático rojo anaranjado que parece anticipar
el Estudio rojo de Matisse (1911, MOMA, Nueva York) quien, curiosamente, fue propietario de esta pintura de Degas.
Mujer peinándose (1887-1890, Museo de Orsay)
Degas fue un pintor clásico de la vida moderna que
mantuvo una apasionada relación con la pintura del pasado: "Está muy
bien copiar lo que uno ve; pero es mucho mejor dibujar lo que ya no ve,
salvo en el recuerdo. Es una transformación en la que la imaginación y
la memoria trabajan juntas. Sólo se reproduce lo que llamó la atención,
es decir, lo realmente necesario. De este modo los recuerdos y las
fantasías se liberan de la tiranía de la naturaleza. Por este motivo los
cuadros hechos así, por un hombre que tiene una memoria cultivada y que
conoce tanto su oficio como a los viejos maestros, son casi siempre
obras notables." De hecho, muchas de las figuras que parece haber
plasmado con objetividad paseando por alguna calle de París pueden
reconocerse en obras de Jean Auguste Dominique Ingres, Antoine Watteau o algún pintor desconocido de los siglos XVII o XVIII.
Edgar Degas fallecio en París el 27 de septiembre de 1917
Pintor barroco español considerado uno de los máximos exponentes de la pintura española y maestro de la pintura universal..Maestro sin par del arte pictórico, el sevillano Diego Velázquez adornó su carácter con una discreción, reserva y serenidad tal que, si bien mucho se puede decir y se ha dicho sobre su obra, poco se sabe y probablemente nunca se sabrá más sobre su psicología. Joven disciplinado y concienzudo, no debieron de gustarle demasiado las bofetadas con que salpimentaba sus enseñanzas el maestro pintor Herrera el Viejo, con quien al parecer pasó una breve temporada, antes de adscribirse, a los doce años, al taller de ese modesto pintor y excelente persona que fuera Francisco Pacheco. De él provienen las primeras noticias, al tiempo que los primeros encomios, del que sería el mayor pintor barroco español y, sin duda, uno de los más grandes artistas del mundo en cualquier edad.
La mirada melancólica
Diego Velázquez fue hijo primogénito de un hidalgo no demasiado rico perteneciente a una familia oriunda de Portugal, tal vez de Oporto, aunque ya nacido en Sevilla, llamado Juan Rodríguez, y de Jerónima Velázquez, también mujer de abolengo pero escasa de patrimonio. En el día de su bautismo, el 6 de junio de 1599 Juan echó las campanas al vuelo (previo pago de una módica suma al sacristán), convidó luego a los allegados a clarete y a tortas de San Juan de Alfarache y entretuvo a la chiquillería vitoreante con monedas de poco monto que arrojó por la ventana. No le había de defraudar este dispendio y estos festejos el vástago recién llegado, que se mostró dócil a los deseos paternos durante su infancia e ingresó en el taller de Francisco Pacheco sin rechistar.
El muchacho dio pruebas precocísimas de su maña como dibujante, y aprendía tan vertiginosamente el sutil arte de los colores que el bueno de Pacheco no osó torcer su genio y lo condujo con suavidad por donde la inspiración del joven lo llevaba. Entre maestro y discípulo se estrechó desde entonces una firme amistad basada en la admiración y en el razonable orgullo de Pacheco y en la gratitud del despierto muchacho. Estos lazos terminaron de anudarse cuando el viejo pintor se determinó a otorgar la mano de su hija Juana a su aventajado alumno de diecinueve años.
Genios de la Pintura Velazquez pintor de pintores 6/8/20
Sobre las razones que le decidieron a favorecer este matrimonio escribe Pacheco: "Después de cinco años de educación y enseñanza le casé con mi hija, movido por su virtud, limpieza, y buenas partes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio. Y porque es mayor la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quiere atribuir esta gloria, quitándome la corona de mis postreros años. No tengo por mengua aventajarse el maestro al discípulo, ni perdió Leonardo de Vinci por tener a Rafael por discípulo, ni Jorge de Castelfranco a Tiziano, ni Platón a Aristóteles, pues no le quitó el nombre de divino."
Las Meninas: Es este el Mejor Cuadro de la Historia? 6/8/21
A la conquista de la corte
Pronto se le hizo pequeña Sevilla a Velázquez e intentó ganar una colocación en la corte, donde se había instalado recientemente Felipe IV, rey de pocas luces diplomáticas aunque muy aficionado a las artes y que con el tiempo llegaría a sentir por el pintor una gran devoción y hasta una rara necesidad de su compañía. En su primer viaje a Madrid no tuvo suerte, pues tenía menester de muchas recomendaciones para acceder a palacio y se volvió a su tierra natal sin haber cosechado el menor éxito. Hubiera sido una verdadera lástima que su protector y suegro no le hubiese encarecido y animado a intentarlo de nuevo al año siguiente, porque de otro modo el prometedor Diego hubiera quedado confinado en un ambiente excesivamente provinciano, ajeno a los nuevos aires que circulaban por los ambientes cosmopolitas de las cortes de Europa.
Tres músicos (c. 1618)
En Sevilla, durante lo que se ha dado en llamar, con artificio erudito de historiador, su primera época (aunque la obra de Velázquez es el resultado de una búsqueda incesante), su estilo sigue al de los manieristas y los estudiosos del arte veneciano, como Juan de Roelas, pero adoptando los claroscuros impresionantes de Caravaggio, si bien esta última influencia ha sido discutida. No obstante, Velázquez se decantará pronto por un realismo barroco, audaz y estremecido, grave y lleno de contrastes, seguido igualmente por Francisco de Zurbarán o Alonso Cano.
Dicho realismo, en su vertiente más popular, había sido frecuentado por la literatura de la época, y ese mismo aire de novela picaresca aparece en los Almuerzos que guardan los museos de Leningrado y Budapest, así como en Tres músicos, donde, sin embargo, desaparece el humor para concentrarse el tema en la descripción de la maltrecha dignidad de sus protagonistas. Más curioso es aún cómo, también por aquella época, utiliza los encargos de asuntos religiosos para arrimar el ascua a su sardina y, dejando en un fondo remoto el episodio que da título al cuadro, pasan a un primer plano de la representación rudos personajes del pueblo y minuciosos bodegones donde se acumulan los objetos de la pobre vida cotidiana. Es el caso de Cristo en casa de Marta y María, cuadro en el que adquiere plena relevancia la cocina y sus habitantes, el pescado, las vasijas, los elementos más humildes.
El Museo del Prado guarda igualmente pinturas del período sevillano, como el espléndido lienzo La adoración de los Reyes Magos, fechado en 1619 (poco después de su matrimonio y de que Juana le diese descendencia), y donde se ha querido ver, sobre todo en los rasgos infantiles del Niño Jesús, un homenaje a su familia y un hálito de la felicidad del flamante padre. Es seguro, por lo demás, que los Reyes Magos son auténticos retratos, no idealizaciones más o menos convencionales, y en ello se revela también la verdadera vocación de quien sería el más grande retratista de su tiempo.
En su segunda intentona en Madrid, ya convenientemente pertrechado de avales, recibió Velázquez las mercedes y favores del conde-duque de Olivares, quien le consiguió su gran oportunidad al recomendarle para que hiciera un retrato del nuevo monarca. Felipe IV quedó tan complacido por esta obra que inmediatamente lo nombró pintor de la corte, obligando a Velázquez a trasladar su residencia a la capital y a vivir en el Palacio Real. En sus primeros años madrileños, el artista fue sustituyendo sus característicos tonos terrosos por una insólita gama de grises que con el tiempo sería su recurso más admirable y un vivo exponente de su genio sutil.
La impresión del paisaje
Hacia 1629 pinta Velázquez su primer gran cuadro de tema mitológico, llamado Los borrachos porque el asunto dedicado a Baco se convierte en sus manos en una estampa de las francachelas populares de la época; al año siguiente llega a Madrid Rubens, con quien mantuvo una buena y leal amistad; Rubens le recomienda que no deje de visitar Italia, donde su arte podrá depurarse y ennoblecerse. Empeñado desde entonces en ello, consigue, tras mucho insistir, licencia del rey y, saliendo del puerto de Barcelona, desembarca en Génova en 1629. Visita Verona, Ferrara, Loreto, Bolonia, Nápoles y Roma, sin apenas pintar nada, pero estudiándolo todo, memorizando gamas de colores, audaces composiciones, raras atmósferas, luces insólitas.
Los borrachos o El triunfo de Baco (c. 1629)
Probablemente entonces, aunque hay quien sostiene que fue en su segundo viaje a Roma, pinta las maravillosas Vistas del jardín de la Villa Médicis en Roma. En estos deliciosos parajes vivió el español gracias a la recomendación de su embajador y allí, al aire libre, tomó sus apuntes geniales. Son, en realidad, paisajes románticos, melancólicos, intemporales, casi impresionistas por su libertad de trazo, pese a ser en más de dos siglos anteriores a los cuadros de ese estilo, y quizás aún más perfectos en la captura del instante luminoso huidizo, del aire limpio y quieto apresado por la tupida vegetación y la escenográfica arquitectura. Y lo más asombroso es que estas imágenes que hoy conserva el Museo del Prado, inolvidables cuando se han visto una sola vez, fueron pintadas como al desgaire, como ejercicio ocioso y gratuito, sobre pequeños lienzos que no alcanzan el medio metro de alto y poco menos de ancho, pero que resumen, con impecable evidencia, la suprema sabiduría alcanzada en aquellos años por Velázquez.
Bien es cierto que, a su regreso a España, realizó obras de mayor envergadura y empaque, como La rendición de Breda, también conocida por Las lanzas, pero en esta pintura de compromiso, terminada en 1635 para el Salón de los Reinos en el recién inaugurado Palacio del Buen Retiro, también conmueve más lo anecdótico que la pomposa rememoración del pasado triunfo de un predecesor de Felipe IV.
La rendición de Breda o Las lanzas (1635)
Durante los años treinta y cuarenta del siglo fue Velázquez el pintor no sólo de su abúlico rey, sino de las "sabandijas de palacio", de los bufones como El Bobo de Coria, Diego de Acedo el Primo y el Niño de Vallecas, y después de su segundo viaje a Italia para comprar obras de arte en nombre de Su Majestad, su paleta produjo tres obras maestras insuperables y sumamente conocidas. La Venus del espejo, conservada en la National Gallery de Londres, es célebre por ser uno de los pocos desnudos de autor español de la época que se han conservado, aunque se le supongan hasta tres más al pintor sevillano, para el cual tal vez sirviera de modelo la escandalosa y bella actriz Damiana, amante del alocado marqués de Heliche.
Para la realización de Las Hilanderas, radicada actualmente en el Museo del Prado, Velázquez plantó su caballete en la Fábrica de Tapices de la calle de Santa Isabel de Madrid. La representación del momento irrepetible de las mujeres alrededor de la rueca giratoria hizo pronto olvidar que se trataba de un tema mitológico (la fábula de Palas y Aracne), creyéndose desde antiguo que se trataba de un cuadro de género.
Las Meninas
De entre los retratos que realizó de la familia real, hay uno que goza de inmensa fama, y se ha convertido en el paradigma de la obra del pintor: Velázquez y la familia real o Las Meninas. Este cuadro, que ha dado lugar a multitud de interpretaciones, tiene como marco espacial la habitación más importante del apartamento del palacio Real en el que vivía el pintor. En la obra aparece el mismo Velázquez frente al caballete con la cruz de la Orden de Santiago, aunque la distinción fue añadida después de su muerte por orden del rey, ya que Velázquez todavía no la había recibido cuando pintó el cuadro.
En el fondo de la habitación, un espejo refleja la imagen del rey y de la reina; en el centro aparece la infanta Margarita acompañada por dos doncellas reales, y a la derecha del cuadro, en primer plano, figuran la enana Mari-Bárbola y el enano Nicolás de Pertusato, que intenta despertar con el pie a un mastín tumbado en el suelo. Detrás de este grupo hay dos figuras y finalmente, al lado de la escalera, vemos al mayordomo de la reina.
Detalle de Las Meninas (1656)
La composición es de una gran complejidad y constituye un extraordinario ejemplo de pintura de una pintura: los reyes se representan indirectamente, vistos a través de un espejo, mientras que por lo que respecta a los protagonistas de la obra, la infanta y sus acompañantes, no se sabe si son el tema del cuadro en que está trabajando Velázquez o bien si están mirando pintar al artista. Por último, el espectador se siente incluido en el espacio del cuadro, ya que el espejo con las imágenes de los reyes le hace suponer que los monarcas están contemplando la misma escena que él pero a sus espaldas. Dicho de otro modo, el espectador ocupa ilusoriamente el lugar de los retratados, el lugar de los reyes, y este hecho ha dado pábulo a incesantes especulaciones. Desde el punto de vista de la factura, es una obra de prodigiosa ejecución, incluso dentro de la pintura del artista. Las pinceladas son como toques de luz que modelan los vestidos y los cuerpos, dotándolos de una gran vivacidad.
Por empeño personal de Felipe IV, Velázquez recibiría, un año antes de morir en Madrid el 6 de agosto de 1660, la preciada distinción de caballero de la Orden de Santiago, un honor no concedido nunca ni antes ni después a pintor alguno. Y aunque, al demoler la iglesia, nadie recordaba que sus restos habían sido sepultados en la Parroquia de San Juan Bautista, cuando en 1990 se organizó una magna retrospectiva de su obra en el Museo del Prado, miles y miles de personas llegadas de todos los puntos cardinales afluyeron incesantemente para reír el gesto idiota del bufón Calabacillas, admirar la pincelada que plasma el vestido de una infanta, interrogar la estampa ecuestre del conde duque de Olivares y respirar el aire penumbroso del siglo XVII aquietado e inmortalizado en los cuadros de Velázquez.